Cómo construir una sociedad pluralista desde el disenso: crítica al consenso, poder, diferencia y posmodernidad según Fernando Recinos
En un mundo donde los consensos suelen presentarse como la vía “civilizada” para resolver conflictos, Fernando Recinos propone una lectura incómoda pero urgente: la pluralidad no nace del acuerdo, sino del reconocimiento de la diferencia y del disenso como fuerza transformadora. Este texto examina cómo las sociedades contemporáneas, moldeadas por ideales imposibles de libertad absoluta e igualdad total, terminan atrapadas en dinámicas donde los poderosos dictan las reglas del diálogo y prefiguran los acuerdos más convenientes. A partir de una reflexión filosófica y política, el autor invita a abandonar la ilusión del consenso universal y a construir espacios donde múltiples formas de pensar, hacer, soñar y nombrar puedan legitimarse por sí mismas. Una defensa del disenso como herramienta para redistribuir poder, cuestionar lo establecido y abrir la posibilidad de una sociedad verdaderamente pluralista.
ARTÍCULOS Y EDITORIALESJULIO 2026
Fernando Recinos
7/31/20263 min read


Cómo construir una sociedad pluralista desde el disenso: crítica al consenso, poder, diferencia y posmodernidad según Fernando Recinos
1. Plural viene de múltiple, diverso, particular que se presenta en más de un aspecto. La tradición occidental lo opone a único, universal, unidad.
2. ¿Ha, usted, superado la etapa civilizatoria en que el mundo le obliga a preguntarse si todo responde al Uno o al Múltiple? ¿O lo blanco o a lo negro? ¿Asumió ya la condición posmoderna que le exige considerar los actos humanos desde una perspectiva que los entiende como múltiples y diversos pero con afán de unidad?
3. Vivimos, en su mayoría, en sociedades consensuales. Soñamos, algunos, cuando lo hacemos, con los mejores acuerdos: aquellos que nos permitirían vivir en un mundo justo donde la igualdad y la libertad tuviesen su realización plena, el mejor acuerdo con nuestra pareja o nuestro empleador. Existen también, aquellos poderosos que introducen en sus discursos estos sueños por un mundo mejor cuando lo que realmente hacen, con sus manos escondidas tras la espalda, es cavar la tumba del que ya tenemos.
4. Los grandes y poderosos pujan, con esfuerzo, por ser quienes dictan los consensos. Algunos filósofos los desnudan y algunos otros esgrimen largas argumentaciones para validar nuevas formas de llegar a consensos cada vez más elaborados pero que, sin embargo, adolecen de algo: el que invita al consenso marca la pauta y tiene ya prefigurado el acuerdo más conveniente y, además de lo que toman en cuenta estos filósofos para escribir todo esto, en la mayoría de los casos, cuenta, el poderoso-pauta-consensos, con un gran aparato de propaganda, ejércitos, bonos comprometidos, voluntades compradas, etc. Es decir: la deliberación, el diálogo auspiciado por los grandes y poderosos es imposible de iniciar en condiciones iguales para todos los participantes.
5. Si las personas comunes y corrientes ni siquiera son las iniciadoras del diálogo, si nuestra mente está embrutecida por ideales irrealizables como la absoluta libertad y la absoluta igualdad y aunque no lo deseemos así, esas ideas logran colarse en nuestros proyectos, si los auspiciadores del diálogo siguen siendo los grandes y poderosos y si, además, seguimos creyendo que los acuerdos están hechos para que ambas partes los cumplan, pues seguiremos dando vueltas en un carrusel que suprime la diferencia a favor de unos pocos.
6. Si todo lo anterior responde al viejo vicio de buscar lo universal cuando lo que impera y determina la dinámica es la particularidad más poderosa, ¿qué nos queda? Pues: Olvidar el consenso como forma predilecta para resolver conflictos o para administrar sociedades. Luego, asumir la diferencia y pujar por la confrontación de intereses y dotar de herramientas a los diferentes actores para que puedan plantear sus diferentes maneras de hacer, pensar, soñar y nombrar. Puede alegarse que en un mundo así reinaría el caos y la desorganización y por supuesto que lo haría si de un día para otro nos deshiciéramos del viejo vicio, pero eso no es ni deseable ni posible. Una forma de hacer, pensar, soñar o nombrar es capaz de legitimarse por sí misma en su efectividad cuando tiene los canales para crecer y desarrollarse, contrario a lo que de facto sucede: una ciega imposición de maneras ya establecidas o difundidas de hacer, pensar, soñar y nombrar que le dibujan al individuo dos tipos de actividades: aquellas que generan aceptación y aquellas que generan rechazo por parte de los que han asumido el consenso como único. Entre mayor es la aceptación, mayor es el margen de movilidad en escenarios tradicionales y reglados por el consenso. Entre mayor es el rechazo, menor es la movilidad en escenarios tradicionales y reglados por el consenso. Pero, ¡por favor! Los descontentos deberíamos estar pujando porque cada vez existan más espacios reglados por el disenso: por la capacidad de confrontar las diferentes significaciones que se le dan los consensos y a las instituciones y a las prácticas. El disenso permite que ningún agente social esté en las condiciones de aparecer como dueño del fundamento de la sociedad y representante de lo universal. Es necesario que todos acepten el carácter limitado y particular de las reivindicaciones de cualquier otra persona para que pueda construirse una sociedad pluralista donde no existan soluciones definitivas: donde finalmente podamos dejar de creer, como los niños, en el Santo Consenso y sea posible la crítica y la modificación de las relaciones de poder: no de la manera tradicional en que un poderoso se intercambia por otro, todo lo contrario, una arena donde sea posible cuestionar y dar saltos cualitativos.
