Deseo de armonía: una reflexión sobre democracia, psicoanálisis y el peligro de las sociedades autoritarias
En Deseo de armonía, Marlon Javier López explora la relación entre la dialéctica de Hegel, la concepción del mal en Schelling y los aportes del psicoanálisis para comprender la condición humana y los conflictos sociales. A través de una reflexión que conecta filosofía, política y subjetividad, el autor examina cómo la búsqueda obsesiva de armonía puede convertirse en el origen de prácticas excluyentes y autoritarias, reivindicando la democracia como un espacio donde la diferencia, el conflicto y la contingencia son condiciones necesarias para la vida colectiva.
ARTÍCULOS Y EDITORIALESOCTUBRE 2026
Marlon Javier López
10/28/20263 min read


Deseo de armonía: una reflexión sobre democracia, psicoanálisis y el peligro de las sociedades autoritarias
Por Marlon Javier López
Hegel escribió en cierta ocasión que lo mejor que un niño puede hacer con sus juguetes es romperlos. Como dialéctico, Hegel no consideró al progreso como un trayecto tranquilo y sin tropiezos, el desarrollo está marcado por rupturas, conmociones y traumas. Parafraseando a Marx la dialéctica sigue siendo el azote para entender y transformar el mundo.
En la misma línea Schelling, uno de los filósofos más descuidados del idealismo Alemán, en su Ensayo sobre La Esencia de la Libertad Humana, propone una inquietante idea. Él se pregunta ¿de dónde surge el mal? Un problema con el que los filósofos han lidiado por siglos. San Agustín, por ejemplo, responde que el mal surge cuando nos alejamos de Dios. El problema con una respuesta como esta es que nos permite argumentar que el mal no existe absolutamente, y que en última instancia cualquier acción está permitida. Schelling propone una explicación mucho más radical: el mal existe incluso antes de la creación. La creación en sí misma es una respuesta de Dios al mal que ontológicamente le precede.
Esto nos lleva al terreno del psicoanálisis para el cual el balance de nuestra existencia cotidiana está atravesado por síntomas que lo perturban. Al igual que el mal de Schelling y la negatividad dialéctica de Hegel, el síntoma posee un estatuto ontológico anterior a cualquier “balance” que queramos imponer a nuestras vidas. De lo que se trata no es de deshacerse de este, sino de organizarlo de tal manera que podamos vivir con él. El nombre que el psicoanálisis ha creado para dar testimonio de este fenómeno es el de Pulsión de Muerte. La cual, como compulsión repetitiva, es lo que explica nuestra tendencia a tropezar dos y más veces con la misma piedra.
Lo importante es reconocer que todo esto no se trata de simples especulaciones teóricas vacías. Nuestros tiempos autoritarios pueden entenderse precisamente como una negación de la premisa aquí expuesta. La tendencia a tropezar con la misma piedra, a sabotearnos a nosotros mismos es expresada usualmente a través de condiciones contingentes. Dicho de otra forma, buscamos excusas o incluso culpables para no lidiar con el peso de nuestro deseo. Contrariamente a lo que se suele creer, la ética del psicoanálisis no parte de la idea de un inconsciente incontrolable que nos permita excusarnos cuando obramos de manera inapropiada, de tal modo que podamos decir: “lo siento no fui yo, fue mi inconsciente”. Si algo deja claro el psicoanálisis es que somos tan responsables o incluso más responsables de nuestro inconsciente que de lo que hacemos a un nivel consciente.
Este gesto es repetido a nivel social. Cuando una sociedad enfrenta problemas la primera tentación es buscar culpables. Los Nazis así crearon la figura del judío como la raíz de todos los problemas que enfrentaba aquella nación. La tentación totalitaria surge, precisamente cuando se intenta eliminar el inmanente imbalance que caracteriza a todo edificio social, creando de este modo enemigos a los cuales se les culpa de todos los problemas que la sociedad enfrenta. Durante las dictaduras militares en América Latina esa figura por supuesto eran los comunistas. No hace falta esforzarse mucho para encontrar figuras similares en la actualidad.
Por el contrario, desde la antigüedad, el nombre que le hemos dado al sistema que parte de la premisa de incluir a los excluidos es democracia. La democracia reside en la premisa de que justamente cada cierto tiempo, la cadena de causalidad que sostiene el orden positivo del ser se suspende, en favor de un acto de contingencia radical que amenaza con subvertir el edificio social. En un régimen democrático, el “balance” o “armonía” social reposa precisamente en este acto de, al menos, posible subversión.
