La pintura como viaje de autodescubrimiento: lectura filosófica y psicoanalítica de la obra de Isaac Sosa por Marlon Javier López
En esta columna, Marlon Javier López explora la obra del joven artista salvadoreño Isaac Sosa desde una mirada que entrelaza filosofía, psicoanálisis y experiencia estética. A través de dos pinturas donde el artista se representa a sí mismo, López argumenta que la pintura funciona como un viaje de autodescubrimiento: un encuentro con aquello que Hegel y Lacan llamaron “lo real”, ese núcleo traumático que sostiene la existencia y que el arte, cuando es verdadero, se atreve a revelar. La lectura propone que Sosa captura el instante en que la realidad amenaza con disolverse y el sujeto se enfrenta a su verdad más íntima. Una reflexión profunda sobre el arte como forma última de conocimiento y sobre la potencia de la pintura salvadoreña contemporánea.
ARTÍCULOS Y EDITORIALESJULIO 2026
Marlon Javier López
7/23/20265 min read


La pintura como viaje de autodescubrimiento: lectura filosófica de la obra de Isaac Sosa por Marlon Javier López
Cuando Marx leyó por primera vez la Fenomenología del Espíritu de Hegel, calificó aquella obra como “pétrea melodía barroca”. Era su forma de expresar que el libro parecía más una obra de arte de mal gusto, en lugar de sabiduría filosófica. No deberíamos pasar por alto este detalle. La relación entre filosofía y arte ha estado marcada por la fascinación de los filósofos por esta última forma de expresión humana. Schelling, por ejemplo, argumentó que la poesía era la única forma de acceso a la verdad y el mismo Hegel durante su juventud, reconoció, siguiendo a Kant, en los juicios estéticos, la expresión de lo absoluto. Podríamos seguir con múltiples ejemplos, desde Schopenhauer y su insistencia en la dimensión nouménica de la música, pasando por Nietzsche y su máxima de que sin música la vida sería un error, hasta el último Heidegger y su fijación por la poesía.
Lo que Hegel vio en los juicios estéticos, sin embargo, es la identidad del sujeto-objeto; uno de los pilares de su filosofía. En la tradición filosófica occidental se asume con frecuencia a Sócrates como el primer gran padre de la filosofía. Sócrates goza de este título ya que él convirtió a la filosofía en un viaje de autodescubrimiento. Se dice que célebremente afirmó “conócete a ti mismo”. En este sentido Hegel habría culminado con esta misión; su entera filosofía no es más que la revelación de que lo que el ser humano conoce en realidad es a sí mismo.
La pregunta por lo tanto es ¿exactamente qué es lo que el sujeto descubre en la realidad? A diferencia de lo que el entendimiento común nos dice, la experiencia de “autodescubrimiento” es todo menos placentera. Para el psicoanálisis, por lo menos, tal autodescubrimiento revela una verdad traumática e insoportable. Quizá esa sea la razón por la cual Hegel escribía de manera tan oscura. La verdad que él estaba revelando no podía, como él mismo dijo, ser expresada de manera directa.
Del mismo modo esta es la razón por la que necesitamos el arte. El arte nos permite acercarnos a nosotros mismos de una manera en la que de otro modo sería imposible, expresando aquello que no podemos expresar con palabras. El arte, por tanto, es la última expresión de autorrevelación. Permítanme ilustrar esta idea a través de dos pinturas del joven artista salvadoreño Isaac Sosa.
Notable característica de estas pinturas es que el autor se representa a sí mismo en la obra. No se trata de un gesto de arrogancia, tampoco de un intento de “inmortalizarse a sí mismo” en la pintura. Al contrario, mi argumento es que el artista da cuenta de una presencia perturbadora, la cual solo puede ilustrar a través de su pintura. Esta presencia no es más que lo que con Hegel y Lacan podemos calificar como el sujeto.
La siguiente pintura describe muy bien lo que he estado argumentando. Los colores rojos que rodean la imagen del artista teñido de azul, así como sus expresiones, representan la dimensión traumática que pasamos por alto en nuestra cotidianidad. El nombre que el psicoanálisis tiene para esta semilla traumática que alberga la esencia de la realidad es “lo real”. Para que la realidad tenga lugar es preciso pasar por alto esta dimensión amenazante.
El artista, sin embargo, da cuenta de ella. No obtiene placer al lidiar con ella, sin embargo, la goza. Para el psicoanálisis el goce, a diferencia del placer, viene acompañado de dolor. De ahí la expresión en el rostro rodeado por el rojo intenso. Es la actitud de un sujeto preparado para abrazar esta dimensión íntima de la realidad y, con ello, preparado para sufrir. Creo que Sosa intentó expresar con esta pintura lo que el arte mismo representa para él. Una actitud hacia la vida que involucra sufrimiento, pero que vale más que la vida misma.
El goce, es ese exceso que, a pesar de ser pagado con el precio de un gran sufrimiento, nos permite seguir con nuestra vida, aquello que en nuestra existencia es más que nuestra existencia misma, aquello a lo que el sujeto no puede renunciar y que es más valioso para él que la vida misma. Eso representa para un artista como Isaac Sosa el arte.
Cuando esta dimensión traumática perturba nuestra realidad, nuestra reacción inmediata es de completo rechazo. Al principio no lo creemos, luego tratamos de explicarlo y de justificarlo. Supongamos que un ser querido fallece. Nuestra primera actitud es de incredulidad, luego nos consolamos ya sea a través de la religión o incluso la ciencia. El psicoanálisis, sin embargo, nos obliga a afrontar directamente esta dimensión la cual, como he señalado, constituye el núcleo mismo de la realidad y con ello de nosotros mismos.
Por esa razón el arte, cuando es verdadero, se esfuerza por dar cuenta de este dominio, en lugar de ocultarlo. Para nosotros simples observadores, la obra de arte es simple ficción. En realidad, es aquello que en la realidad rebasa la realidad misma. Aquello más real que la realidad. La actitud del artista, por tanto, puede ser plasmada en la obra de arte misma.
Esto es lo que acontece en esta segunda pintura. Sosa se posiciona a sí mismo en medio de una colección de obras artísticas cuyas figuras distorsionadas dan cuenta de la presencia maligna de algo que amenaza con disolver la realidad en su conjunto. La actitud de Sosa a quien vemos sentado en una mesa frente a una jarra de curtido y salsa para pupusas, sin embargo, es de total indiferencia. Esta actitud responde al carácter ambiguo de esta maligna presencia de lo real. Por un lado, para que la realidad tenga sentido debemos hacer como si ello no existiera. De ahí la actitud de indiferencia que notamos en la pintura. Sin embargo, por el otro lado, es justamente este núcleo traumático lo que hace posible la realidad. Esta última no es más que un intento de rehuirlo. La creación artística, del mismo modo, es puesta en movimiento solo como respuesta a esta presencia diabólica e insoportable y es un gesto de gran sabiduría que Sosa capture esta relación.
En esto consiste el genio que Isaac Sosa nos muestra en su obra. Sus pinturas dan cuenta de lo que sucede cuando la realidad es amenazada con ser disuelta y el sujeto con ser devorado. Cuando aquello que el sujeto se esfuerza por mantener oculto, emerge. Este núcleo traumático sin embargo es la esencia misma del sujeto, su verdad revelada. De este modo el arte y con ello la pintura, se pueden considerar como la forma última de autoconocimiento. Llevando a fin el cumplimiento de lo que desde los tiempos de Sócrates los filósofos han buscado.




