Lutar: el duelo como resistencia afectiva en tiempos de necrocapitalismo y pérdidas que nos parten la vida en dos
Lutar, de Lauri Cristina García Dueñas, es un ensayo que atraviesa el cuerpo y la memoria para nombrar aquello que la lengua española no contempla: la urgencia de luchar mientras se llora. El texto parte de una fractura vital —la muerte de la madre, de amigas queridas, de vínculos que sostienen la existencia— para explorar cómo el duelo se vuelve un territorio político en sociedades que exigen productividad incluso cuando el alma se desmorona. García Dueñas escribe desde una semana marcada por la injusta muerte de la poeta salvadoreña Krisma Mancía, y desde ahí despliega una reflexión sobre la amistad como pacto secreto, sobre los rituales mortuorios que nos han acompañado por siglos, y sobre la violencia estructural que niega el derecho a parar, a llorar, a honrar. Entre delfines que cargan a sus crías muertas, altares mexicanos, Antígona y Roque Dalton, la autora traza una cartografía del amor y la pérdida que nos recuerda que somos lo que queda, que lutamos para no olvidar, que cada gesto de cuidado es también resistencia.
ARTÍCULOS Y EDITORIALESAGOSTO 2026
Lauri Cristina García Dueñas
8/24/20263 min read


Lutar: el duelo como resistencia afectiva en tiempos de necrocapitalismo y pérdidas que nos parten la vida en dos
por Lauri Cristina García Dueñas
Mi vida se divide en dos. Antes de la muerte de mi madre. Después de la muerte de mi madre. Antes de que algunos amigos fallecieran. Después de que algunos amigos fallecieran. Antes del nacimiento de mis hijos. Después del nacimiento de mis hijos. “La muerte es parte de la vida”, nos repiten desde niñas y asentimos, hasta que vemos a esos seres que amábamos hacerse uno con la tierra. Y lloramos y pataleamos. Porque duele encarnar el refrán común.
En español, la palabra “lutar” no existe. En portugués, significa luchar. Vaya cosa difícil. He pasado una de las semanas más duras de mi vida, mi amiga, la poeta salvadoreña Krisma Mancía, falleció en circunstancias injustas después de un despido injustificado y la pérdida de su seguro social.
Aunque estos días han sido duros, lo son más para sus familiares cercanos. Lo sé. Y a ellos les envío una tanatada de abrazos. Pero, ¿qué pasa con la amistad, las anécdotas, los chistes, los cafés, las risas, las confidencias, cuando una amiga parte? La amistad es un pacto secreto en el que aceptamos a la otra tal como es. A las amigas, les perdonamos todo a priori, menos la falta de lealtad, pero este no era el caso. Podemos ser amigas de personas muy diferentes a nosotras mismas, y aún así, quererlas con fruición. Alegrarnos con sus alegrías, condolernos con sus tristezas.
La amistad, sin embargo, socialmente, es, supuestamente, una hermana menor de los lazos sanguíneos y de pareja. Tal vez no para mí o los que hemos tenido roces familiares tectónicos y nos refugiamos en la familia elegida: las amigas y los amigos.
Las madres delfines cargan con los cadáveres de sus crías fallecidas durante días y la manada las acompaña; las y los mexicanos construyen verdaderas obras de arte en sus altares cada 2 de noviembre (mi fecha favorita durante los 15 años que viví en México) para recordar a quienes se nos adelantaron al Mictlán -la tierra del descanso eterno- y cruzaron el río antes que nosotros.
En la tragedia griega Antígona, escrita por Sófocles en el año 441 a. C., la protagonista desafía al rey Creonte para sepultar a su hermano Polinices, quien fue declarado traidor por atacar la ciudad de Tebas. Antígona prioriza las leyes divinas y el amor familiar por encima de los decretos humanos, aceptando la muerte como castigo. Así de importantes son los rituales mortuorios.
Las madres buscadoras no descansarán hasta encontrar los restos de sus hijos. Todavía, a la fecha, esperamos que los culpables digan dónde depositaron los restos del poeta salvadoreño Roque Dalton.
Celebramos de la humanidad el hallazgo del fuego y el nacimiento de sistemas arbitrarios de signos que constituyen la tecnología inverosímil del lenguaje. Sin embargo, quienes escribimos sobre el trabajo de cuidados, valoramos la férula que alguien inventó para la primera fractura y la elección social, ritual y cultural de enterrar o cremar a los muertos.
En cada vela, incienso y flor que le dedicamos a los que trascendieron, hay siglos de humanidad y desarrollo cultural.
Sin embargo, ¿qué lugar tiene el luto y el recogimiento en una sociedad que te obliga a producir para no perecer? ¿Cómo logramos seguir yendo a juntas virtuales, terminar el trabajo atrasado, siquiera pararnos de la cama, cuando por dentro nos estamos desmoronando ante la pérdida? Esta falta de espacio para lutar es otra de las consecuencias del necrocapitalismo que nos gobierna.
En terapia, aprendí que el luto no es lineal y que está lleno de símbolos. En cada mujer de 80 años que me encuentro en Metrocentro, veo a mi madre y le sonrío. Ahora, mucha de la poesía latinoamericana contemporánea, de las libélulas, de la lluvia, de la existencia, me recordarán a mi amiga. Somos lo que queda, honramos lo que amamos. Lutamos.
