Mi Espino: memoria, neblina y resistencia — la infancia de Lauri Cristina García Dueñas entre cafetales, aves y la lucha por salvar el bosque El Espino

Mi Espino, por Lauri Cristina García Dueñas, es un relato íntimo que entrelaza infancia y paisaje: los viajes en la 101‑A Blue Bird, la neblina que refrescaba la cara a los seis años y los sabores de la casa de la abuelita Tita. A través de recuerdos sensoriales —el olor a rosas, los tamales de la tarde, la nube ruidosa de pericos— la autora reconstruye un bosque que fue refugio y escuela, y que hoy enfrenta la amenaza del cemento y la tala. Este texto es también una llamada serena y firme: la pérdida de 55,000 m² de El Espino no es solo un dato, es la desaparición de un clima, de una memoria colectiva y de un pulmón urbano. Lauri comparte su decisión de oponerse pacíficamente y firmar la petición ciudadana, y nos invita a recordar que los bosques y la escritura son, para muchos, asuntos profundamente personales.

ARTÍCULOS Y EDITORIALESJULIO 2026

Lauri Cristina García Dueñas

7/10/20263 min read

Mi Espino: memoria, neblina y resistencia — la infancia de Lauri Cristina García Dueñas entre cafetales, aves y la lucha por salvar el bosque El Espino

por Lauri Cristina García Dueñas


Un bosque es siempre un asunto personal como la escritura. Mi primer recuerdo del bosque El Espino data de 1986, yo tenía seis años y, cada fin de semana, junto con mi madre y hermanos íbamos a visitar a la abuelita Tita a la colonia Las Delicias de Santa Tecla, La Libertad, El Salvador, Centroamérica. La matria.

Vivíamos en la colonia Toluca de San Salvador, cuando el bulevar Constitución era todavía cafetales y árboles de mangos deliciosos. Algunas veces viajábamos en el carro de mi padre, pero otras nos desplazábamos al redondel del Salvador del Mundo donde tomábamos la 101-A azul desvencijada, ya saben, la vieja costumbre de los transportistas salvadoreños reciclando viejos autobuses estadounidenses Blue Bird. “Niños mayores de 7 años pagan pasaje”.

Me faltan palabras para explicarles la emoción de atravesar el bosque, era el tiempo en que habían tantos pericos que todos los días a las cinco de la tarde una nube ruidosa que acaparaba la atención de todos atravesaba la ciudad.

Las Delicias, como su nombre lo indica, era una colonia fresquita, al atardecer, bajaban las nubes y había que andar siempre con sweater. Yo era feliz y lo sabía.

Mi abuelita Tita todavía vivía, a pesar de su ceguera progresiva y el deterioro cognitivo, me obsequió los mejores recuerdos de mi infancia: yo corría entre la neblina a comprarle a la tienda su café Listo, esperábamos sentadas las cuatro de la tarde para comprar tamales de elote y empanadas.

La casa olía a rosas de su jardín y nunca jamás podré comer huevos con tomate, frijoles y plátanos fritos tan deliciosos; llenos de aceite, pellejitos de las manos de mi abuela, hechos en las sartenes más antiguas y descascaradas que les pueda contar.

Había guerra, sí, pero yo todavía no comprendía qué significaba eso. El bosque El Espino estaba conformado por hectáreas de árboles y cafetales, había todo tipo de aves, mamíferos, insectos, el clima era agradable tanto en Santa Tecla como en San Salvador. No como ahora.

Confieso que, al ver que se acaban de talar 55,000 metros cuadrados de bosque para construir un centro de convenciones, lloré. Yo había firmado la petición ciudadana para que no sigamos destruyendo uno de los últimos pulmones que nos queda como capitalinos, nuestra zona sagrada de recarga hídrica. El cemento no se bebe ni se come. Tampoco el dinero. Pero hay gente a la que se le olvida.

También lloré cuando construyeron los centros comerciales Las Cascadas, La Gran Vía y Multiplaza, procuro no ir, salvo que sea impostergable. No sé si el parqueo de Las Cascadas sigue teniendo nombre de árboles. ¿Qué especie es capaz de ponerle al cemento nombre de árboles talados? Sólo el ser humano.

“Siembren árboles”, nos dijo un troll a los que compartimos información sobre El Espino en Facebook. No es tan fácil, apreciable troll, un bosque tarda décadas en crecer.

Espero que todas y todos los salvadoreños, independientemente de nuestra ideología, clase social o preferencias políticas, entendamos que no podemos seguir devastando los pocos bosques que nos quedan.

Recuerdo lo que sentía a mis seis años, a bordo de la 101 A Blue Bird, cuando atravesaba el bosque El Espino para ir a ver a Tita. Recuerdo el aire frío en mi cara.

Lastimosamente, mis hijos no experimentarán el clima delicioso y la neblina que pude sentir en mi infancia, pero cuando crezcan, podré decirles: yo firmé la petición ciudadana para que no talaran parte del bosque El Espino y construyeran un centro de convenciones. Yo me opuse pacíficamente. Porque los bosques y la escritura son algo personal.




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