Santa Emilia: un testimonio sobre maternidad, intuición, duelo gestacional y la violencia silenciosa que atraviesa los cuerpos de las mujeres en sistemas hostiles

Santa Emilia es un relato íntimo que explora la maternidad desde la intuición, el cuerpo y la dimensión espiritual. A través de una experiencia gestacional marcada por la precariedad laboral, la negligencia médica y el duelo, la autora reconstruye la presencia de su hija Emilia, quien existió en sueño, energía y memoria. Este texto aborda el embarazo como un estado de conciencia, la pérdida como un duelo invisibilizado y la sororidad como un puente necesario para sobrevivir. Es una pieza que acompaña, nombra y honra a las mujeres que han atravesado pérdidas gestacionales en silencio.

ARTÍCULOS Y EDITORIALESOCTUBRE 2026

Elizabeth Sicilia

10/13/20267 min read

Santa Emilia: un testimonio sobre maternidad, intuición, duelo gestacional y la violencia silenciosa que atraviesa los cuerpos de las mujeres en sistemas hostiles

por Elizabeth Sicilia

Lucía Emilia tenía los ojos de su papá: rasgados y sonrientes. Le gustaba el yogurt y tenía el cabello rizado, castaño claro. Usaba camisas de color rosa y caminaba por la sala de la casa de mis padres en calcetines. La conocí en un sueño y me llamaba mamá.

Era finales de abril y mis pechos estaban duros y dolían. Sentía cambios en mi cuerpo que asocié a síntomas premenstruales; muchas noches me senté en el tocador y, al mirarme a los ojos, sabía que no estaba sola. Dejé transcurrir un par de semanas, a pesar de la certeza en mi conciencia.

Tengo un buen amigo con quien comparto mucho de mi vida. Recuerdo que lo visité en su centro cultural, donde también vivía en ese entonces. Nos sentamos en unas sillas y él me preguntó cómo estaba y, sin pensarlo, le dije: “preñada”. Sentí alivio al finalmente decirlo en voz alta con alguien en quien confío. Esa noche me quedé en la casa de mi pareja. Compramos una prueba de embarazo en el supermercado al regresar. Creo que ambos ya lo sentíamos. Fue positiva.

A la mañana siguiente lo confirmamos con una prueba de sangre: estábamos embarazados. Hablaba con mi bebé todo el tiempo, en algo que podría entenderse como un monólogo infinito, ya que no existía una respuesta perceptible para las otras personas. Yo la percibía; sabía cuándo algo le gustaba. En ese momento era muy activa en la escena literaria, asistía a muchas lecturas y, cuando subía al escenario a leer o iba a mis clases de danza árabe, sabía que le gustaba. No es una sensación tangible, pero quien ha cargado a un hije en el vientre con una decisión consciente sabe que es una comunicación compleja, donde sentís con otros sentidos abstractos y misteriosos, como todas las experiencias que se señalan como místicas.

He sido una lectora ávida de este tema, así como de la ciencia, durante muchos años, en la búsqueda inevitable de preguntas más que de respuestas. Practiqué distintos tipos de meditación durante mi embarazo, así como la anotación de mi experiencia en una agenda que compré para llevar mis controles. A pesar de vivir en la era digital, sigo creyendo en la confidencialidad del papel.

Con este escrito no trato de romantizar la maternidad ni la concepción de un ser humano, y no deseo que sea utilizado para atacar el derecho a decidir de las mujeres. Soy mujer y, dentro de mis condiciones particulares, elegí como adulta ser madre. La teosofía sostiene que el embarazo inicia en la fuerza del deseo y la sincronía energética de los padres, eligiendo una conciencia que decide encarnar en ese linaje cuando el deseo y la decisión de los progenitores, especialmente el de la madre, se sincronizan. Durante la gestación, madre, padre (o acompañante) y bebé forman un campo energético común donde las emociones, el descanso y el entorno sutil influyen en la armonía del conjunto. El embarazo es un rito de paso donde el ego se desprograma parcialmente para permitir el flujo de la “fuente de la vida” a través del ADN y las células. Es puente con las generaciones pasadas; la gestante sintoniza con la intuición y la memoria ancestral de las mujeres de su familia que parieron antes que ella. Yo viví mi embarazo con conciencia sobre esto.

¿Se puede nacer con cariño?

Durante esa época trabajé para Foundever, empresa que terceriza servicios de call center en este país para clientes internacionales. Yo estaba en una cuenta que posicionaba optimizaciones para propiedades de rentas vacacionales en Estados Unidos. La cuenta estaba en crisis: tenían despidos a diario y renuncias de personas que destacaban por sus capacidades, pero se sentían inconformes con los sistemas de compensación recientemente implementados, en los cuales robaban descaradamente las comisiones de los agentes. Yo necesitaba el seguro social para poder llevar los controles de mi embarazo; no podía darme el lujo de renunciar, así que soporté todo el estrés del ambiente, que cada día era más inestable y hostil.

Asistí a mi primer control, en el cual debían cambiar mi medicamento para la presión, ya que tengo cardiomegalia y soy hipertensa desde muy joven. He tomado enalapril desde los 25 años. En ese control me agendaron una cita ginecológica dentro de un mes y me dijeron que debía suspender el enalapril, ya que disminuye el líquido amniótico, y esperar el nuevo medicamento que recetarían en la cita. Unas semanas más tarde tuve una crisis hipertensiva en mi trabajo. Me dieron ese día de descanso. Dos días después, al terminar mi horario, caminaba hacia mi casa y tuve otra crisis. Estuve en emergencias en el seguro social y me dieron dos días de descanso. En esa estancia me cambiaron el medicamento; sin embargo, eso no remediaba la primera negligencia, ya que el cuerpo debe asimilar el nuevo medicamento y eso tomó tiempo.

Al regresar a la oficina, los supervisores tenían la orden de presionarnos para llegar o sobrepasar la meta, ya que con tantas bajas los resultados comprometidos con los clientes no se alcanzaban. Ese día hice 120 llamadas. Era sábado; nadie contestaba. Para ejercer presión sentaron a mi lado a un compañero para que hiciera básicamente micromanagement. Llegué a la meta.

Esa noche era el festival Históricas en el Centro Cultural Leyla y me subí al escenario a leer poesía con una colega. A la mañana siguiente fui al baño y tenía un sangrado. Fui al seguro social y me indicaron reposo absoluto, ya que tenía una amenaza de aborto. En Foundever solo te cubren una incapacidad al año; luego de eso, pase lo que pase, la empresa no paga nada. Me dieron diez días de reposo absoluto y me indicaron que, al observar más sangrado o cualquier otro síntoma, debía volver al hospital.

Me quedé esos días en la casa de mi novio. En ese momento estaba construyendo el sitio web de Revista Cinco SV. Dormía y trabajaba en eso durante el día. Mi novio trabajaba en casa y me cuidaba. Cantábamos una canción de Juan Gabriel todos los días para Emi, como le decíamos. La canción era “De mi enamórate”, y cuando oscurecía trataba de quedarme con las luces apagadas para que él pensara que dormía. En la oscuridad le rogaba a Emilia que no se fuera, que se quedara conmigo. Había noches en las que él tocaba mi vientre y se unía a mí para hablar con Emi.

En esos días fui al hospital cuatro veces. Cada día era un diagnóstico diferente, hasta que me atendió una ginecóloga que siempre llevaré en mi memoria porque tuvo la empatía y la humanidad que el sistema de salud olvida. Ella me dijo que era un aborto incompleto y que lo que se veía en las ultras era solo el saco, y que en los siguientes días vería sangrado, que serían los restos que el cuerpo necesita expulsar.

Esa noche regresé a la casa y le pedí a Emilia que me permitiera despedirme de ella. Cerré los ojos y aparecí en la puerta de la casa de mi madre. En la sala estaba mi mamá viendo televisión, y caminando en calcetines una niña preciosa con un tarro pequeño de yogurt de fresa y una cuchara. La sostuve en brazos, sentí su olor a chicle de fresa y talcos para bebé, le di de comer yogurt. El tiempo murió entre sus mejillas y sus rizos.

Por la mañana hablé por videollamada con dos grandes amigos que me dejó el teatro y reí muchísimo con ellos. En la tarde tuve un sangrado fuerte. Emi se había ido, y con ella se fue la risa, la poesía, la música y mi cordura.

Regresé al trabajo solo para poder hacer un mes más, reunir dinero y renunciar. Las personas del entorno no comprendían por qué me afectaba tanto si ni siquiera había nacido. ¿Cómo podía explicar este luto a alguien que no lo entendería? ¿Cómo juzgar la indiferencia de quienes viven en un sistema hostil?

Ángel Castro es un poeta maravilloso de solo 16 años que tiene una familia hermosa. Recuerdo que un día su familia invitó a mi novio y a mí a una reunión, y Loly Castro, su madre, una mujer extraordinaria, se acercó a mí. Por primera vez sentí empatía en esa situación. Fue abierta y comprensiva. Ella había pasado por lo mismo y lo compartió conmigo. No tengo palabras para agradecer su sororidad. No creo que sepa lo importante que fue su apoyo en ese momento de dolor y soledad.

Vivo con ansiedad desde muy joven. En este periodo mi salud mental colapsó. Utilicé unos pantalones que compré durante el embarazo durante mucho tiempo como prenda única de mi guardarropa. Tuve momentos en los que no podía hablar. Pasé meses ausente de mí, del mundo, sin fuerzas. No pude volver a leer poesía en público el resto del año. No volví a las clases de danza árabe. No me reí en meses.

Pinté a la Emi de mi sueño para inmortalizarla. Ahora vive sobre velas color rosa y un jarrón de flores en una mesa de mi casa. Pude regresar por completo a este mundo apenas este año.

Escribo esta historia entre lágrimas. Y sí, tengo una hija que vive en el cielo y que ama el arte como su mamá y su papá, que siempre la recuerdan y le encienden una velita en su aniversario. Sé que muchas mujeres que han pasado por esto y que lean este texto en el marco del Día del Duelo Gestacional se sentirán acompañadas con mi historia. A todas ellas, un enorme abrazo. Sepan que nuestros hijos viven en nosotras siempre.

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