¿Soy realmente libre? Una reflexión íntima sobre el miedo, la narrativa del poder y las nuevas violencias que están naciendo en El Salvador
Este editorial explora la libertad desde una perspectiva íntima y crítica, cuestionando si en El Salvador vivimos realmente en libertad o si habitamos únicamente el espacio que el poder nos permite. A través de una reflexión personal sobre el miedo, las fracturas familiares, la precarización social y las nuevas violencias que están emergiendo, el texto examina cómo estas heridas colectivas moldean la conducta individual y comunitaria. Inspirado en El malestar en la cultura de Freud, el editorial analiza cómo un entorno represivo, desigual y profundamente influenciado por narrativas oficiales puede reducir la capacidad de cuestionar y limitar la libertad psicológica. Es un texto escrito desde la vulnerabilidad y la resistencia, una invitación a pensar la libertad más allá del discurso dominante y a reconocer que la presencia de derechos —no la ausencia de miedo— es lo que define a una sociedad verdaderamente libre.
ARTÍCULOS Y EDITORIALESSEPTIEMBRE 2026
Elizabeth Sicilia
9/26/20263 min read


¿Soy realmente libre? Una reflexión íntima sobre el miedo, la narrativa del poder y las nuevas violencias que están naciendo en El Salvador
La libertad como ficción en un país que decide por mí**
La palabra libertad siempre me ha parecido sospechosamente ligera. Se pronuncia con facilidad, como si fuera un derecho garantizado, una condición natural del ser humano o un estado que se alcanza por el simple hecho de existir. Pero cuando observo mi vida, mi entorno y mi país, me pregunto con honestidad si realmente soy libre o si simplemente habito el margen que el sistema me permite. La libertad suele presentarse como una conquista individual: elegir, decidir, moverse, expresarse. Sin embargo, la mayoría de mis decisiones están condicionadas por factores que no controlo: la clase social, el territorio donde nací, el género, la violencia, la economía, la educación, la cultura, el miedo. La libertad, entonces, no es un estado absoluto, sino un espacio negociado entre lo que deseo y lo que el contexto me deja hacer.
En El Salvador, esta tensión se vuelve más evidente bajo el Régimen de Excepción, una medida que ha transformado la vida pública y privada del país. El discurso oficial habla de “libertad recuperada”, de calles seguras y de un país que por fin puede respirar. Pero la libertad no puede medirse únicamente por la ausencia de miedo; también debe medirse por la presencia de derechos. Y ahí es donde la narrativa se quiebra. He visto cómo miles de personas han sido privadas de libertad injustamente, sin debido proceso, sin acceso a defensa, sin pruebas claras, sin garantías mínimas. He visto familias fracturadas, hogares desestructurados, niños creciendo en ausencia. He escuchado testimonios de madres que no saben si sus hijos siguen vivos. Y entonces me pregunto si un país puede considerarse libre cuando la libertad de sus ciudadanos depende de la arbitrariedad del poder.
Las fracturas que hoy se están generando no son menores. La historia salvadoreña ya nos enseñó que la violencia no desaparece: muta. Las heridas de la guerra civil se transformaron en pandillas, extorsión, control territorial y trauma colectivo. Las heridas del Régimen de Excepción —familias rotas, precarización económica, miedo generalizado, trauma emocional— también se transformarán en algo nuevo. Y me aterra pensar en qué se convertirán. Las cárceles, señaladas por medios nacionales e internacionales como espacios donde se mezclan negocio, castigo y opacidad, no solo afectan a quienes están dentro, sino a quienes quedan fuera: familias endeudadas, hogares sin ingresos, comunidades desestabilizadas. La violencia que viene será silenciosa, estructural y profunda, una violencia que nace del trauma, del silencio y de la precarización.
Freud escribió en El malestar en la cultura que el entorno moldea la conducta individual y colectiva. Cuando la cultura se vuelve represiva, desigual, violenta y manipulada, el individuo internaliza ese malestar y lo reproduce. En El Salvador, el entorno actual castiga la crítica, premia el silencio, manipula la narrativa con inversiones millonarias en publicidad, marketing y troll centers, y persigue a quienes cuestionan al poder. La excepción se ha normalizado como regla. Bajo estas condiciones, mi libertad psicológica también se reduce. Cuestiono menos porque tengo miedo. Obedezco más porque estoy cansada. Callo porque sé que hablar tiene consecuencias.
Mientras escribo este editorial, siento miedo. Miedo por mí. Miedo por las personas que amo. Miedo por el futuro y por el presente. Miedo de que este país, que dice haber recuperado la libertad, me castigue por nombrar lo que veo. Ese miedo no es una falla individual; es un dato político. Es evidencia de que la libertad no es plena, sino condicionada. La verdadera libertad no es la ausencia de miedo, sino la presencia de derechos. Y mientras esos derechos sigan siendo vulnerados, El Salvador no podrá llamarse un país libre, aunque sus calles estén en silencio.
Escribir esto es un acto de resistencia. Nombrar lo que duele también lo es. Porque incluso cuando la libertad parece ficción, sigo creyendo que la palabra tiene fuerza. Y que decirla, aunque tiemble, es una forma de defenderla.
