Tres poemas de Niurbis Soler Gómez (Cuba) que exploran el agua, la ciudad y el abismo como territorios donde la memoria se desborda y el cuerpo busca sostenerse
Esta edición de Revista Cinco SV reúne tres poemas que dialogan desde distintos territorios emocionales: el océano interior, la ciudad que desorienta y el vacío que se abre bajo los pies. En El mar detrás de los ojos, la memoria se convierte en oleaje persistente: un cuerpo de agua que regresa una y otra vez para revelar lo que no pudo decirse. En Memorias del agua, las sirenas atraviesan una ciudad ajena, buscando un rastro imposible entre avenidas que no comprenden su dolor. Y en Ecos en el vacío, la voz poética se asoma al borde de la existencia, suspendida entre la luz y la sombra, intentando sostenerse en medio de la disolución. Tres poemas, tres formas de habitar la pérdida y la búsqueda. Esta selección propone un recorrido por paisajes donde el agua, el concreto y el abismo se vuelven espejos de lo que persiste incluso cuando todo parece desvanecerse.
MAYO 2026POESÍA Y NARRATIVA MAYO 2026
Revista Cinco sv
5/14/20264 min read


Tres poemas de Niurbis Soler Gómez (Cuba) que exploran el agua, la ciudad y el abismo como territorios donde la memoria se desborda y el cuerpo busca sostenerse
Algo sobre mí
Niurbis Soler Gómez (Cuba, 1972) Poeta y narradora. Es Licenciada en Español y Literatura y Periodista, así como locutora, directora y asesora de programas de radio. Es además correctora, asesora literaria y especialista de cine. Ha publicado cinco libros. Su obra aparece en plegables, revistas, periódicos y en diversas antologías. Ha colaborado con las revistas digitales Dogevena, Pactum. Narrativa, Mujeres aladas, Pérgola de humo, En Tinta, Nudo Gordiano, Dizaster, El narratorio, Tura, Irradiación y Croparamas. Actualmente vive en México.
Memorias del agua
Esas sirenas enloquecidas que aúllan recorriendo la ciudad en busca de Ulises.
Edmundo Valadés
En la ciudad,
cuando las luces se mezclan con sombras,
se oye el lamento de las sirenas.
Van recorriendo calles desiertas,
esquinas olvidadas por el tiempo,
buscando un eco,
una huella del que escapó de sus redes.
Las sirenas vagan en la ciudad de asfalto,
dejando atrás el mar.
Su canto ya no es dulce,
son gritos de desesperación
que rebotan en las paredes de concreto.
Buscan a Ulises,
porque se atrevió a desafiar
el destino que ellas tejieron,
y la locura se apodera de sus voces.
No hay océano que las calme.
Ahora su mar es de acero y espejos,
donde el viento no trae sal,
sino polvo de sueños rotos.
Las que un día fueron dueñas
de las olas y de los corazones,
ahora son fantasmas que recorren avenidas.
Su canto es un eco lejano que nadie entiende.
Buscan el rastro del héroe
en la inmensidad de un laberinto urbano.
Ulises no escucha,
ha sellado sus tímpanos con la cera del olvido.
Su camino ya no lleva al mar.
Dejó atrás el caos de voces
que lo siguen en su desesperación.
Pero las sirenas no se detienen.
Su destino es buscar eternamente
al que se les escapó de las olas.
Y así, noche tras noche,
su lamento cruza la ciudad
como un viento de invierno.
Ulises, perdido en el laberinto de los hombres,
sigue inalcanzable,
y las sirenas, con las voces ya quebradas,
continúan su búsqueda,
en una ciudad que no comprende
el dolor de las criaturas del mar.
El mar detrás de los ojos
Detrás de los ojos,
llevo un océano sin mapas,
sin orillas, sin horizonte claro.
Es un mar antiguo,
un abismo de aguas turbias
donde flotan los restos de todo lo que no dije,
de todo lo que perdí.
En su profundidad habitan palabras
que la marea mece con dulzura,
hasta convertirlas en nada.
No hay faros en este océano,
solo un oleaje ciego que se niega a morir.
Hay días en que el agua permanece serena,
y entonces creo que he vencido,
que he cerrado las compuertas
y sellado las grietas.
Pero el mar siempre regresa,
siempre encuentra un resquicio por donde filtrarse.
A veces es solo una gota,
una lágrima mínima
que resbala sin ser vista.
Otras veces es una tormenta que rompe contra la piel,
que inunda cada rincón
con la urgencia de lo que nunca se convirtió en voz.
Llevo el mar detrás de los ojos,
y en sus aguas naufragan mis miedos,
mis despedidas sin eco,
los nombres que nunca pronuncié en voz alta.
A veces, cuando la marea sube,
me asomo a su orilla,
cierro los ojos
y dejo que el agua me envuelva.
Me hundo en su abrazo de ausencia,
y escucho el latido de su furia
golpeando mi pecho.
Pero no siempre es tempestad.
A veces el mar se vuelve un susurro de memorias lejanas.
A veces, cuando el silencio me pesa,
cuando el cuerpo se siente demasiado pequeño
para contener tanto océano,
dejo que el agua me limpie de todo lo que duele.
Porque a veces llorar no es rendirse,
sino permitir que el mar
nos devuelva a la orilla.
Ecos en el vacío
Estoy tan cerca del abismo. Soy un diminuto cuerpo en el vacío.
Rigoberto Rodríguez
Las sombras se alargan,
donde el silencio es más profundo que la noche.
Hay una línea que divide el ser y la nada.
Me miro desde lejos,
una frágil existencia que flota perdida
en un mar de incertidumbre.
El viento sopla,
llevándose fragmentos de lo que soy,
dejando solo el eco
de un abismo que no tiene fin.
La gravedad ya no me retiene,
ni el miedo logra detener mis pasos.
Voy cayendo en una danza lenta,
donde el tiempo es una ilusión,
y la luz solo un recuerdo lejano.
El vacío me llama,
con voces que nunca se han escuchado.
Soy un destello,
un momento breve
antes de fundirme en la oscuridad.
Y así, en el borde de lo desconocido,
me encuentro a mí misma,
un punto perdido en el infinito,
un suspiro que se disuelve en el viento,
mientras el abismo,
me convierte en su grito.






